Es curioso cómo nos esforzamos por mantener a buen recaudo nuestros recuerdos: los sabores de las comidas de los domingos en casa de la abuela, la canción de la cinta de aquel grupo infantil que escuchabas en bucle, la primera vez que la persona que te gustaba te dio la mano en el cine, aquel viaje a la playa con los amigos… Y es que, como decía Oscar Wilde, “el recuerdo es el diario que todos cargamos con nosotros”. 

Evocar nuestro pasado es una forma de aferrarnos a las cosas que amamos, las que somos, las que no queremos perder. Las guardamos como un tesoro bajo llave en nuestra cabeza y cuidamos de ellas; aunque a veces, cuando afloran, se escurren hasta los ojos en forma de lágrima o hasta el corazón en forma de extrasístole. 

Los recuerdos que legamos transformados en historias de una generación a otra para inmortalizar nuestro paso por la vida son sello de identidad. Por eso perderlos resulta tan aterrador y nos hace sentir que se diluye nuestra esencia. Para nosotros, es un signo inequívoco de que algo no va bien, de que estamos dejando de ser la persona que éramos. Pero, no lo olvides, ningún recuerdo se pierde; no del todo, al menos. Solo tenemos que averiguar dónde buscarlos; aunque a veces haya que pasar por un quirófano para lograrlo.