La historia de Elena

Elena con su hijo, Álvaro, en brazos.

Elena Osácar trabaja en la Clínica desde hace casi 20 años. Ha trabajado como enfermera de hospitalización, en hemodiálisis, en el Servicio de Calidad y, ahora, se dedica a poner en marcha el Área de Experiencia del Paciente. También es doctora en Enfermería. Elena está casada, y es madre de Clara, Miguel y Álvaro. “Acabábamos de hacer un viaje en caravana agotador, pero es que nos encanta. En la semana 19, casi 20, el 30 de diciembre de 2021, se me rompió la bolsa. Estaba muy preocupada porque a la hermana de mi mejor amiga le había pasado eso, su hija había nacido en la semana 24 y estaba muy pendiente de ellos. Pensaba ‘madre mía, si me pasase a mí eso, no podría sobrellevarlo”.

“Estaba angustiada, la verdad. Recuerdo esos momentos de ingresar con mucha claridad y lo pienso ahora y todavía me pongo nerviosa. Me hicieron rápidamente el amniocheck, que es para comprobar si la bolsa está rota o no, y salió que sí”.

“Enseguida me hablaron de Uxue, yo sabía quién era, pero no nos conocíamos mucho”. El 5 de enero es el cumpleaños de nuestras hijas mayores, y ese día me escribió una carta. Yo estaba deseando hablar con ella para que me contase cómo estaba, porque me sentía sola y agobiada. Así que, en cuanto leí la carta, la llamé a su habitación, nos dimos nuestros teléfonos móviles y, desde entonces, estábamos todo el tiempo al tanto la una de la otra”.

“El 25 de febrero me dieron el alta porque se me cerró la bolsa. Uxue se quedó y me dio mucha pena cuando por fin pude entrar a su habitación a despedirme. El 26 se casaba mi hermana pequeña”.

Vuelta a empezar

“Mi cumpleaños es el 8 de marzo, pero el año pasado fue un poco triste porque falleció mi tío y no lo celebramos. El día 10 se volvió a romper la bolsa, por la noche. Por lo que tuve que volver a la Clínica en taxi. El pobre taxista… ¡no sé qué pensaría! Yo tenía el corazón encogido pensando en Clara y Miguel que, desde que me habían dado el alta el 25 de febrero, estaban como pegatinas conmigo. Me habían echado muchísimo de menos”.

“Me volvieron a ingresar, estaba claro. Al estar la bolsa rota y haber llegado a ese momento de la gestación, me dijeron que no iban a esperar hasta el final, que me provocarían antes el parto. Todo siguió con normalidad. El parto estaba programado para el 12 de abril, que era martes de Semana Santa, pero la noche del domingo al lunes yo me sentía muy rara, no era algo muy agudo o muy serio (me parecía) y no llamé a las matronas. Cuando entraron en la habitación por la mañana estaba un poco mareada, no me encontraba muy bien. Maite me puso el monitor. Vieron que el niño tenía taquicardia, que lo normal es que oscile un poco, no que tenga el pulso tan elevado y de manera continua. Me vio en la consulta el Dr. Ruiz Zambrana. Tenía ya todas las pruebas preoperatorias listas. El pediatra también dijo ‘esto tiene pinta de sepsis’. Así que me hicieron la cesárea ese mismo 11 de abril. Álvaro nació mal. Recuerdo que me sedaron mientras me suturaban. No le oía llorar, y mi marido y la matrona me sonreían de lejos pero no me decían nada, o yo ya no les oía”.

“Estuvo en la UCI un mes. Fue una época agotadora porque me quedé en el chasis y tenía a los otros dos conmigo en un metro cuadrado todo el día. El personal de la UCI encantador. Álvaro estuvo en palmitas. No podíamos pedir más en esa situación. Luego le dieron de alta y volvió a ingresar a la semana siguiente por bronquiolitis.  A finales de mayo todo se normalizó, dentro de que fue prematuro. Le bautizamos en la UCI gracias a Don Ángel –capellán de la Clínica–, que siempre hizo honor a su nombre”.

“La verdad es que para mí lo de Álvaro ha sido un milagro, porque las dificultades en el embarazo empezaron desde el inicio: hemorragias, gran hematoma y la rotura de la bolsa. Muchas veces he pensado que no saldría adelante. Además, en alguna ecografía sospecharon de una malformación que luego no ha tenido. Al no tener mucho líquido amniótico, no se ve bien.  Así que ahora, cada vez que le miro, pienso: ‘¡no me puedo creer que estés tan majico!”.

“Las ecografías me las hacían semanalmente. Una de ellas fue el 11 de febrero, que es la Virgen de Lourdes, y yo pensaba que seguro que me iban a decir que estaba todo bien. Pero no fue así, aunque había empezado a perder menos líquido. Fue el 25 de febrero cuando vieron que se había cerrado. Estaba mi hermana Raquel conmigo”.

Sentirse cuidada

“Mi marido tiene un trabajo muy exigente. Hacía el pino puente con el cuidado de los niños, su trabajo y venir a verme, y eso para mí era una causa de sufrimiento grande. Yo intentaba ayudarle: hacía la compra por internet, contraté a una asistenta porque la anterior se nos fue de la noche a la mañana, y las entrevisté haciendo videollamadas en camisón. Pasaba ratos largos sola por mis circunstancias familiares. El personal de la Clínica se portó genial en mi situación. Yo me sentía aburrida y harta en el segundo ingreso, y a pesar de que soy una persona a la que le cuesta abrirse, ellas lo consiguieron cuando lo necesité. Un día del segundo ingreso lo recuerdo con cierta ansiedad. Sabía que necesitaba desahogarme y me costó mucho llamar al timbre. Finalmente lo hice y vinieron dos matronas. Me desahogué, lloré y ya se me pasó. Ya está. No necesitaba más que eso”.

“La verdad es que me sentí acompañada por las enfermeras y las auxiliares, que me trataban con tanto cariño como si fuese de casa, que lo soy. Por ejemplo, el 2 de enero me diagnosticaron Covid y me aislaron. Una matrona me trajo unos crucigramas a la habitación –ya vestida de calle, su turno había terminado– y lo hizo porque yo le dije en algún momento que los crucigramas me gustaban. Son detalles que cambian todo. Te sientes acompañada en medio del agobio y de la sensación de soledad”.

“El agradecimiento que sientes es muy grande. No sólo por mí, sino también por mi familia. Cuando venía mi familia, las matronas les trataban muy bien. Les hacían reír. Yo a veces me sentía baja y me costaba un poco sonreír. Ellas venían, hacían bromas y jugaban con los peques, y a mí me estaban ayudando mucho sin saberlo. Creaban un clima alegre, de normalidad. Sientes que el problema ya no es sólo tuyo, sino que también es de la gente que te está atendiendo, y eso es un apoyo grande”.

“Cuando mi marido venía con los niños algún día entre semana, era una visita a todo correr, en media hora. Yo me quedaba peor porque quería irme con ellos”.

“El sábado por la noche solía venir mi marido a cenar, me traía algo rico y ese era el momento para los dos, sin tener que hablar de obligaciones… Me daba fuerza hasta el siguiente sábado. Las matronas siempre pasaban para ver si necesitábamos algo y en esa cena hacíamos todos la vista gorda con la diabetes gestacional”.

Un flotador emocional para los pacientes

“Creo que hay historias muy bonitas de pacientes. Nos fijamos mucho en las cosas negativas, las quejas y reclamaciones, porque hay que mejorar; pero hay muchísimas historias de atenciones a los pacientes, cuidados que ellos no iban buscando”.

“Cuando vas a un hospital porque tienes cáncer –o lo que sea– piensas que te van a tratar y esperas que eso sea lo adecuado para tu enfermedad, además de una atención correcta y respeto. Pero los profesionales sabemos que detrás de esa enfermedad hay una mochila emocional muy grande, porque la enfermedad irrumpe en tu vida de una manera inesperada, nunca te viene bien. Tenemos que adelantarnos a esa necesidad, porque los pacientes, cuando encuentran un trato con cariño, con disponibilidad, con interés verdadero por la persona, en ese momento tienen un flotador emocional al que agarrarse. ¡Y si no se lo lanzas tú, a lo mejor no se lo lanza nadie!”

“Se lo decía a las matronas: estoy muy agradecida, siempre tendré una deuda porque habéis sido muy importantes para mí y para mi familia durante este tiempo. Hay que contar la parte positiva de la experiencia de los pacientes. Otro aspecto básico es mostrar al paciente que nos importa, que es el centro y que para él y por él se trabaja. Mira, la enfermedad seguirá su curso, pero siempre queda cómo te han tratado y el interés que han manifestado por ti. El paciente que tienes delante ahora es el único que tienes. Debemos cuidar la relación con los pacientes desde que entran por la puerta y hasta que se van”.

“Hice entrevistas a los pacientes sobre su relación con las enfermeras y te lo dicen todos: el cariño, el modo en el que la enfermera –también el médico– se dirige al paciente. Es una invitación a la confianza, a abrirse, a contar cómo se sienten. Es clave cómo nos dirigimos a los pacientes porque ellos no van a tomar muchas veces la iniciativa, porque van con esa expectativa de lo que está oficialmente establecido. Cuando vas a un centro médico para que traten tu enfermedad no vas pidiendo otras cosas, pero las necesitas. Nosotros, como profesionales, tenemos que saber que eso ayuda a la propia curación. Esa persona va más allá de un tratamiento concreto”.

“El ginecólogo tuvo conversaciones conmigo que nada tenían que ver con el problema sanitario y que a mí me vinieron muy bien. Y luego me acordaba de ellas y las repasaba. Eso él no lo sabe, pero me ayudó mucho. Y las enfermeras y las auxiliares de la consulta fueron muy importantes también. Y el personal de la UCI pediátrica. Una noche llegué a darle las buenas noches a Álvaro y estaba una enfermera jovencita con él en brazos, con la cara pegadita a la suya, hablándole. Ella se apuró, pero me hizo muy, muy feliz. Ya se lo dije. Ese día me fui emocionada y supertranquila a casa de ver el cariño que se le daba a Álvaro, aunque no fuese el mío. Eso también es Medicina”.

La historia de Uxue

Uxue y su hijo Marco.

Uxue Arzoz trabaja desde 2006 en la Clínica. Es enfermera de hospitalización en la planta de Oncología. “Tenía dos niños, Martina y Luca, y me quedé embarazada del tercero. Todo era normal, pero en mitad del embarazo, en la semana 19, tuve una rotura prematura de membranas, rompí aguas. Claro, eso suele ocurrir antes del parto, no en la mitad del embarazo…” Así comienza el relato de Uxue, una profesional a la que la experiencia de cuatro meses de ingreso para procurar la llegada de su hijo Marco al mundo le ha hecho descubrir de nuevo su vocación como enfermera.  

Cuatro meses en el hospital para dar a luz

“Era el 14 de noviembre. Llegué a Urgencias y enseguida, con una prueba sencilla, se diagnosticó lo que ocurría. Me ha tocado estar al otro lado y dar malas noticias a los pacientes, pero me lo explicaron de una manera supercuidadosa, que no se me olvidará en la vida. Notaba que me estaban diciendo algo serio, muy serio. Hoy en día no hay tratamiento terapéutico para la rotura de membranas, no tiene curación; es una gestación que se ha roto y sólo se puede cuidar la situación del bebé mediante reposo absoluto y con un tratamiento antibiótico continuo”.

“El bebé tenía pulso, pero había un 1% de probabilidad de que llegara a nacer. Mi cabeza es muy científica, entendía a la perfección lo que había pasado. Entonces, yo me decía: ‘aquí lo tengo muy negro’. Me pusieron en un escenario muy, muy difícil”.

“Pero me trataron unas matronas increíbles. Y todo el mundo me decía lo mismo, todos me contaban lo mismo, nadie me decía cosas que no podían ser. No me ilusionaban con nada, pero no me quitaban la esperanza. No sé de qué manera lo hicieron, pero yo me dejé cuidar. Me tranquilicé y acepté”.

“Dos matronas especializadas en muerte perinatal me prepararon superbién para cosas que podían ocurrir o miedos que yo podía expresar. A la vez, pasaba el tiempo y, entremedias, a las cuatro semanas del ingreso, me contagié de Covid y me llevaron a la 5ª planta. Mi marido, Javier, también dio positivo y pidió ingresarse conmigo para ayudarme en todo. Estuve cinco semanas. El 30 de diciembre di negativo y me volvieron a llevar a la segunda planta”.

“Fue pasando el tiempo, y no sé de qué manera maravillosa lo hicieron, porque no tengo ningún recuerdo negativo de nada ni de nadie. Pasaban los días y la tripa iba creciendo. Yo notaba que cada vez se movía más y me seguían haciendo controles, ecografías semanales, analíticas… Porque había un riesgo de infección o de muerte fetal o de un millón de cosas que me contaron, porque el líquido que se forma diariamente se seguía perdiendo; lo perdía cada vez que me reía, tosía o me giraba en la cama”.

“Al haber una fisura, el líquido salía en cuanto aumentaba un pelín la presión interna. Me lo explicaron como si fuera un globo de agua que en cuanto cogía una pequeña presión salía todo. Y ocurría así todos los días. Era una lucha mental para prepararme, para aceptar que eso iba a pasar sí o sí.”

“Nadie sabía en qué condiciones iba a nacer, ni qué secuelas iba a tener, porque se había gestado en un medio anormal para un bebé. Tenía la sensación de que, al final, podía ser como el que se ahoga al llegar a la orilla. El tiempo iba a mi favor, pero a la vez, después de tanto pasado… Pero nada, la cosa siguió, siguió, y al final se coordinaron Pediatría y Ginecología y me organizaron una cesárea para el 28 de febrero. Y nació como un bebé sano”.

“No estaba desarrollado completamente, porque el líquido amniótico favorece el desarrollo de los pulmones. Y al llorar en el momento del parto hizo un neumotórax y tuvo que ir a la UCI. El neonatólogo tenía todo organizado. Me dijo: ‘puede pasar esto, esto, esto, esto. Y yo voy a estar preparado para todo lo que pueda pasar’. Pero no ocurrió nada y le atendieron en el mismo quirófano. Estuvo 15 días entre algodones en la UCI. El 4 de marzo me lo llevé a casa”.

El apoyo

“La asistencia psicológica también la llevaban las matronas, pero es que yo no me sentía mal. En ningún momento necesité apoyo psicológico específico. Mi trabajo es ese, porque cuando estás al otro lado haces muchísimas cosas que yo veía que hacían conmigo. Pero hasta que no lo notas, no lo vives. Es increíble. Es que yo no doy crédito. Es una pasada. Lo he reflexionado un montón. Cuando todo pasó, tenía la necesidad de escribir. Necesitaba contar una historia real de esperanza. Todo el mundo sabía cómo podía acabar esto, pero me dieron una opción”.

“Me dijeron: ‘si es necesario, trataremos a Marco como si fuera un bebé en una situación paliativa en la que ya no se puede hacer nada por curar’. Hay veces que no se puede tratar, pero se puede cuidar. Me venían a la cabeza un montón de situaciones en las que se cuida la situación. Todo el mundo sabe cómo va a acabar, el paciente sabe cómo va a terminar, pero no por eso dejas de cuidarlo, porque lo tienes ahí delante. Entonces lo viví de una manera… que, si me lo cuentan, no me lo creo. Fue una sensación muy bonita”.

“Estábamos en el Covid y las visitas estaban muy restringidas. Pero la supervisora de la planta me dijo: ‘vamos a hacer un trato, esto es una situación diferente’. Quedamos en que los niños podían venir a días alternos, un día sí, un día no, a verme. Y contaba con tres cuidadores, mi marido, mi madre y mi tía. Me ayudó muchísimo, porque yo estaba acompañada, cuidada y sin molestar”.

“La Dra. Olartecoechea vino a las ocho de la tarde del 31 de diciembre para hacerme una ecografía. Con toda la mesa puesta en su casa, que no sé cuántos iban a cenar, se vino a la Clínica para abrir las consultas y hacerme una ecografía. Por el aislamiento del Covid, llevaba cinco semanas sin tener una ecografía buena del bebé. Pidió al guardia —o a no sé quién— una llave, me llevó a consultas en silla de ruedas, encendió las luces, abrió los despachos y me hizo una ecografía de 45 minutos. Salió todo perfecto y se fue a cenar. Le dije: ‘Begoña, tú sabes que yo ahora no voy a poder ni cenar’. Se arriesgó a que en la ecografía algo estuviera mal porque llevaba cinco semanas sin verlo, pero se vino a la Clínica para estar conmigo”.

“No me movía en la cama. Me dejaban levantarme dos minutos cronometrados para una ducha rápida y volverme a tumbar. El pelo me lo secaba en la cama… Todo el cuidado de la cara era lo único que yo me podía hacer. Todo lo hacía totalmente tumbada. Me incorporaba un poco para comer. Leía un montón. Escuchaba música, fue mi salvación. Podía ver YouTube y videoclips, ¡eso fue la bomba!”

“Somos muy futboleros, somos socios de Osasuna. Cuando no tienes nada que hacer, los días de partido eran un aliciente. Mi marido hacía encaje de bolillos para colocar a todos, venía con la camiseta y nos comíamos un bocata”.

La sanación

“Tengo que reconocer que esto me ha afectado y me ha cambiado, porque todo lo vivo de una manera muy diferente. Vivo mucho más el presente. No me agobio porque tenga un mal turno. El trabajo ya me gustaba, pero es que ahora lo entiendo mucho mejor. Me gustaba mucho cuando las matronas me decían: ‘vuelvo el viernes; a ver si te encuentro aquí’. Esos detalles se me han grabado a fuego, eso me ayudaba”.

“Me ofrecieron quitar el cuadro de la Virgen con el Niño de mi habitación porque yo estaba en riesgo de perder al mío. Dije: ‘mira, no me lo quitéis, dejadlo ahí, no me quitéis nada de aquí, porque ahora mismo me ayuda’. Y estaba al lado del paritorio y oía el llanto de bebés nacer continuamente, porque estaba pared con pared. Y me dijeron: ‘hemos pensado que igual podemos cambiarte a una habitación más tranquila para que no escuches el paritorio’. Y les dije: ‘mirad, vengo de una planta donde casi todas las semanas fallece un paciente y estoy en el lugar de la Clínica donde llega la vida, dejadme aquí’”.

“Me hice una amiga por carta, Elena, porque me contaron que había una enfermera ingresada, a la que le había ocurrido lo mismo que a mí. No me podían decir nombre ni apellidos por privacidad. Pero le escribí una carta y le pedí a la matrona que se la llevara. Eso ya fue la bomba. Nos empezamos a escribir de una habitación a otra, luego nos llamábamos por teléfono y, al final, nos pusieron pared con pared”.

“¿Sabes qué ocurre? Quería contarlo porque es una historia bonita que sucede en un hospital cuando parece que todo iba en contra. Pues mira, yo hice una amiga. Mi hijo está bien. El de ella está precioso”.

“Tengo tan claro que el cuidado influye directamente en la evolución del paciente… No sé si en la curación, pero en la sanación, sí. Es una sensación de que lo que tú haces siempre tiene fruto y, por lo tanto, siempre tienes que hacerlo. Puedes cuidar a un paciente o lo puedes cuidar con mayúsculas. No hay que hacerlo bien porque sí, hay que hacerlo bien porque tiene su repercusión. ¡Y de esto puedo convencer a quién quiera!”.

Profesión Enfermera: después de ser paciente

Texto:
Miguel García San Emeterio
Fotografía :
Manuel Castells

Este artículo ha sido publicado por la Clínica Universidad de Navarra en la revista Noticias.cun.