‘Aquí yace un universitario’. Fue su epitafio deseado. Un mensaje inequívoco que facilita valorar su figura profesional y su influencia en su entorno.

No hablaré de mí salvo para contextualizar: llegué en 1979 para hacer la residencia en Medicina Interna “enviado” por el Dr. Jesús Prieto, que se incorporaría 9 meses después como futuro director del Departamento. Me han encargado este texto porque mi primer destino fue la consulta de D. Eduardo. Estaba en su crepúsculo profesional, pero aún era un gran médico. Falleció en 1985. No haré una reseña biográfica. Ya existen. Fue un hombre de firmes convicciones humanas, religiosas, familiares y sociales que otras personas han glosado. Esas convicciones troquelaron su modo de ser profesional. El recuerdo de una persona fallecida hace casi 40 años tiende a ser parcialmente borroso y subjetivo, y lo que resulta es un destilado modificado por la memoria y los sentimientos de quien recuerda, por relatos compartidos, por clichés repetidos y, en este caso concreto, por una cierta tendencia a mitificar a D. Eduardo. Trataré de abordar objetivamente su figura de médico universitario y su influencia.

Si cito sin pensar rasgos de D. Eduardo emergen: idealismo, convicción, coherencia, deber, lealtad, fortaleza, voluntad, servicio, trabajo, tenacidad, responsabilidad, respeto y autoridad. Y una notable paradoja: infatigabilidad en una persona que siempre estaba cansada. Trabajar cansado fue una de las peculiaridades de D. Eduardo. Por eso mostrar cansancio a su lado producía una cierta sensación de indigna debilidad.

Tenía defectos, claro. Algunos derivaron del exceso de sus virtudes: extender su autoexigencia a los demás y estar persuadido de que todos podrían renunciar a lo que él renunció. Su laboriosidad primaria y su sentido de misión en la Clínica y en la Universidad le impedían entender el benéfico concepto del tiempo libre y del descanso. Nunca cogió vacaciones. Y nunca entendió del todo bien que los demás lo hiciésemos. Le era difícil concebir que otros médicos prefiriesen el ocio a la Medicina. Vi a médicos del staff “fugarse”, literalmente, sábados o domingos antes de que D. Eduardo les viese. La proporcionalidad entre trabajo y remuneración tenía un valor muy limitado para D. Eduardo. Había dejado en Granada una posición académica y económica privilegiada para venir a Pamplona con una misión: crear una Facultad de Medicina y un hospital académico. Una noche me contó que Hacienda le había investigado porque, siendo quien era, no creían el sueldo que figuraba en su declaración de la renta. Y tal actitud de D. Eduardo no era aplicable a cualquiera porque era una elección. No sé hasta qué punto D. Eduardo entendía en su fondo conductas divergentes de las suyas en este aspecto, aunque las respetaba exteriormente. Todo el conjunto era pura coherencia con su idealismo, deseo de servicio, lealtad y entrega total a la Universidad y a sus ideas. Quizá por eso siempre trabajó cansado.

D. Eduardo fue un gran médico, uno de los exponentes más reconocidos de la escuela del Prof. Jiménez Díaz, a quien profesó enorme lealtad. Fue venerado por sus pacientes, y su capacidad para transmitir interés, cariño y cordialidad a pacientes y familiares fue legendaria. Sin embargo, nadie recuerda, pasados 40 años, a médicos o cirujanos extraordinarios y cariñosos que salvaron o mejoraron muchas vidas, excepto los directamente beneficiados o sus familiares. ¿Por qué se sigue recordando a D. Eduardo?

Un médico puede pasar a la memoria colectiva persistente de una institución por varios motivos, pero creo que, fundamentalmente, por dos: por haber ejercido la Medicina de un modo que haya hecho crecer y consolidarse a una institución, o por haber hecho aportaciones científicas trascendentes que dejen su nombre en la Medicina.

D. Eduardo inició, desarrolló y consolidó la Facultad de Medicina y la CUN. Lo que voy a escribir no es una frivolidad, es una convicción: D. Eduardo fue un creador de estilo (asistencial, en este caso). Hoy sería un influencer de la Medicina. Tendría followers, likes y quizá algún hater y toda la parafernalia mediática que él hubiese aborrecido.

Ese es su mayor legado profesional porque ese estilo de hacer Medicina, de atender a cada enfermo como si fuese lo único que existiese en su vida en ese momento, fue el producto de la convicción repetida una y otra vez de que “el enfermo siempre tiene razón”. Y ese modo de hacer tuvo una influencia mayor que todos sus actos médicos individuales juntos. Por eso está en la memoria colectiva de la Universidad de Navarra.

De ahí se derivaron su afán por estudiar, tener conocimiento, enseñar, investigar y ser riguroso y exigente consigo mismo y con el resto del hospital en todos los actos clínicos. Ese estilo benefició a los pacientes, a la Clínica, a la Universidad y a quienes adoptamos esa forma de hacer Medicina.

¿El “estilo médico CUN” existe? Sí, aunque no necesariamente es patrimonio exclusivo de la CUN. Dando por supuesto el conocimiento médico necesario y continuamente actualizado, lo definen dedicar tiempo, esfuerzo y rigor adecuados en el acto médico, recabar las opiniones necesarias de otros colegas, tener en cuenta las diferentes condiciones y sensibilidades de cada enfermo y ejercer como médico responsable, que es quien, tras el trabajo en equipo, toma las decisiones, informa al paciente de su situación y asume la responsabilidad última. Todo impregnado por el trato humano imprescindible para el acto médico correcto: respeto conceptual y formal, autoridad no impositiva sin paternalismo y con respeto absoluto a la libertad, cariño y total ausencia de prisa.

Ese estilo procede de D. Eduardo. Ignoro cuanto fue inspirado por el Profesor Jiménez Díaz. D. Eduardo siguió estudiando y se mantuvo actualizado. Fue un médico con gran capacidad diagnóstica y muy pragmático terapéuticamente. Tenía una capacidad inusual para convencer a los pacientes de lo mejor para ellos sin imposición alguna.

El eslogan cada vez más generalizado en la propaganda médica y casi banalizado: “el paciente en el centro de la asistencia”, fue la esencia de la práctica de D. Eduardo. Lo más difícil tras haber creado un estilo es que permanezca, que no sea una moda pasajera o una excentricidad. Si permanece es que tiene un valor intrínseco real. Ha de ser clínicamente eficaz y lo suficientemente atractivo, satisfactorio, práctico y factible como para que otros lo sigan y se sientan gratificados por esa práctica. A partir de ahí, el estilo se transmite en horizontal y verticalmente hacia abajo. Quien se incorpora a un grupo donde esto sucede, adquiere de modo natural tal forma de hacer las cosas. Dicho así, parece fácil. No lo es. En el caso de D. Eduardo, no lo fue. Ocurrió a expensas de un esfuerzo muy grande con muchas renuncias personales. Y de convencer con su actitud a los demás de que esa era la forma idónea de atender a los enfermos. Consiguió que el estilo no fuese exclusivo de Medicina Interna, sino que se extendiese a toda la CUN y fuese adoptado por quienes, discípulos directos o no de D. Eduardo, fundaron y dirigieron departamentos médicos, quirúrgicos o básicos.

Existía en la Facultad el laboratorio de Medicina Interna para que la investigación fuera algo inherente al departamento a través de las tesis doctorales, tuteladas en sesiones semanales por D. Eduardo y a cuya presentación y defensa asistía el departamento completo (costumbre lamentablemente perdida). Pese a su dedicación asistencial, como universitario integral hizo investigación y la impulsó toda su vida.

La docencia en la Facultad, y a alumnos y residentes en la CUN, se completaba con sesiones bibliográficas (el sábado a las 9 h, ¡cómo ha cambiado la vida!) y con las sesiones clínicas del departamento, que eran los lunes a las 18 h en el aula de la 2ª planta que aún existe. Un residente presentaba un caso y había discusión libre. D. Eduardo solía hacer un resumen final del caso con una visión clínica global muy práctica.

Recordaré siempre una frase no médica de D. Eduardo pronunciada entre las 18:30 y las 19 h del 23 de febrero de 1981 durante la sesión. La frase fue: “¡qué país tan desgraciado!”. Aclaro para los jóvenes que en tal fecha se produjo el asalto al Congreso de los Diputados en un intento de golpe de estado. Muestra la preocupación de D. Eduardo por una sociedad libre y equilibrada, y por eso la cito fuera del contexto del resto del texto. Pronunciada por un hombre cuyo padre, militar, había sido fusilado en Madrid al principio de la guerra civil tiene aún un valor más profundo.

Esta preocupación constante por la investigación y la docencia completó “el estilo asistencial de la CUN” dentro de una actividad académica canónica.

Cuando yo llegué en 1979, el exponente más destacado de tal estilo en el departamento era el Dr. Ignacio Lucas, que lo mantuvo y transmitió hasta su jubilación. El Dr. Prieto, sucesor de D. Eduardo como director del departamento, lo adoptó añadiendo todo su caudaloso bagaje docente y científico, pero manteniendo intacto el “estilo asistencial CUN”. Quienes permanecimos en el departamento, desde entonces, hemos tratado de mantenerlo y, pese a cambios sociales, generacionales y de la práctica médica, creo que lo hemos logrado, al menos, en su esencia. Citaré de entre los más veteranos aún en activo, además de yo mismo, a Óscar Beloqui, Inmaculada Colina, Nicolás García, Bruno Sangro, Juan Pastrana e Ignacio Herrero; y me voy a detener en ese estrato cronológico para no hacer la lista interminable. Algunos no tuvieron contacto con D. Eduardo y todos somos discípulos de Jesús Prieto, pero la influencia directa o indirecta de D. Eduardo es indiscutible. Casi todos los primeros directores de departamentos médicos fueron discípulos de D. Eduardo.

Lo afirmado no implica que este estilo asistencial sea superior a otros ni menoscaba la calidad y el compromiso de médicos que ejerzan de modo diferente. Quizá muchas personas estén en desacuerdo tanto en que exista el estilo CUN como en el protagonismo fundacional de D. Eduardo. Pero esa es mi convicción.

Recurrentemente he escuchado “las cosas no pueden hacerse como en tiempos de D. Eduardo porque la Medicina y la sociedad han cambiado”. Frase vacía donde las haya. Depende de lo que encierre “cosas”. No estoy seguro de que quienes lo afirman, mayoritaria y sorprendentemente no médicos, sepan exactamente qué están diciendo. ¿A qué cosas se refieren? ¿Cuántos conocieron a D. Eduardo y vieron como ejercía la Medicina? ¿Les parecería adecuado el “estilo” si ellos fuesen pacientes y no jueces externos? No hay que confundir el enorme cambio que tanto la sociedad como la práctica de la Medicina han experimentado en los últimos 40 años con la necesidad de dedicar conocimiento, tiempo y cariño a los enfermos. Y recordar siempre que un hospital académico deja de serlo si la docencia y la investigación se consideran apéndices deseables y no partes esenciales de su identidad. La CUN, y cada vez mayor número de hospitales, avalan su calidad asistencial con la expresión “el paciente en el centro”, que suele ir acompañada de “Medicina personalizada”. Bueno, pues D. Eduardo se adelantó 50 años. La expresión, ya citada, de “el enfermo siempre tiene razón” es la manera más eficiente de poner al enfermo en el centro de la asistencia. Mientras el modelo sea sostenible, y hay que empeñarse en que lo sea, como médico quiero ejercer así y como paciente deseo recibir ese tipo de asistencia.

D. Eduardo ejerció un liderazgo alejado de la estridencia, la soberbia y el exhibicionismo médico cuya base era una autoridad personal basada en el conocimiento, el trabajo y el respeto por los colegas. Tenía potestas a la que unía una auctoritas indiscutible.

Se convence mucho más fácilmente a alguien de cómo tienen que hacerse las cosas con el ejemplo que con la palabra. No recuerdo a D. Eduardo perorando sobre la dedicación, la atención, el cariño y la responsabilidad que los enfermos merecían. Sencillamente, lo hacía. Y era tan evidente que nunca necesitó explicarlo.

Aceptaba la discrepancia científica. Nunca descalificaba a ningún colega. Cuando era médico responsable, dirigía el curso del caso y comunicaba personalmente diagnósticos o tratamientos al paciente y siempre mantenía su jerarquía de médico responsable teniendo otras opiniones en cuenta. Una de las manifestaciones de su respeto por los colegas era su presencia cuando llamaba a algún otro médico para que viese a alguno de sus enfermos. Si le llamo, tengo que estar. Un jefe de un departamento quirúrgico de entonces, famoso por su pericia y brillantez quirúrgicas –y también por su carácter mercurial– me dijo un día: “me llama a las 10 de la noche, vengo y me está esperando para ver juntos al enfermo, ¿cómo no voy a venir?”

“¿Y a usted qué le parece?”. Se dirigía D. Eduardo frecuentemente a residentes para pedir su opinión. Comprobé que no era un latiguillo amable, sino que creía que cualquiera de los médicos podía añadir algo interesante. “Firme, firme usted aquí conmigo en la historia esta decisión que hemos tomado”, otra frase habitual. Me sorprendió la primera vez ese ejercicio de corresponsabilidad sin tono condescendiente.

Su carácter era habitualmente afable. Pero, ¡ay!, esporádicamente se enfadaba. No era una irritación superficial, era una erupción volcánica que solía iniciarse con “oiga usted” y luego lo que viniese, nunca agradable. Duraba poco y la reconciliación era rápida. Ocurría 2 o 3 veces al año. Influía su mayor cansancio. Percibir algo como irresponsabilidad o falta de dedicación al paciente y la falta de empeño en conocer a través de las necropsias eran los desencadenantes más comunes. Nunca lo sufrí, afortunadamente.

Aprender de la muerte a través de la necropsia era para D. Eduardo un último acto médico imprescindible. La advertencia más firme y reiterada que recibí en mis primeros días fue: “si quieres evitar que D. Eduardo se irrite, tienes que lograr autorización para la necropsia si fallece un paciente en tu guardia”. Y D. Eduardo era una persona coherente. En todo. También en esto. Dejó ordenado que tras su fallecimiento se le hiciese la necropsia que sería así “su última clase de Patología Médica”. Asistimos todos los miembros del departamento con emoción, admiración y respeto.

Su autoexigencia impedía que dejase de hacer nada que tuviese que hacer o que a él le pareciese que había que hacer, aunque esporádicamente fuese de dudosa utilidad. Recuerdo hacer tablas de resultados analíticos evolutivos de varios años, carentes de interés en ese momento, durante la visita nocturna y finalizar con un “ya está hecho”.

Escribía, por cierto, siempre con bolígrafos Bic las historias clínicas, los informes de los enfermos y una innumerable cantidad de cartas dirigidas a un variopinto espectro de destinatarios por motivos médicos, sociales, amistosos, institucionales o por su cargo de Presidente de la Asociación de Amigos de la Universidad. No dejaba una carta sin responder. Y creo que, en cuanto veía oportunidad de hacerlo, no dejaba una sin escribir. Todos los días, tras finalizar la consulta de la tarde (entre las 19 y las 21 h), escribía en su despacho. El residente de guardia sabía que tenía que esperar hasta el final del rito epistolar para pasar visita nocturna a todos los pacientes que D. Eduardo tenía ingresados. Una costumbre que jamás abandonó y que los pacientes, medio dormidos y en pijama, agradecían profundamente. Incluso estando agotado, seguía haciéndolo. Una vez, tras visitar a un enfermo a las 12 de la noche y viendo que le costaba trabajo andar le pregunté inocentemente: “¿no está cansado, D. Eduardo?” Me contestó con tono de firmeza resignada y dando un puñetazo en la pared del pasillo: “estoy cansado desde hace 30 años”. Tal respuesta define a una persona. Terminada la visita, el residente de guardia, dado que la mayor parte estábamos ya motorizados, llevaba a D. Eduardo a su casa y volvía a la CUN.

D. Eduardo falleció a causa de un cáncer de colon metastásico en 1985. Ingresó unas semanas antes en la habitación 701. Mantuvo la lucidez prácticamente hasta el final. Íbamos a verle diariamente en grupos pequeños. Citó individualmente a algunos de nosotros. Pocos días antes de morir me llamó y hablamos un buen rato. Me encontré a un hombre que esperaba con serenidad su muerte. Desde la distancia que nos separaba, siempre tuvimos una excelente relación personal cuya base para mí siempre fue la confianza.

Me dio consejos para mi vida médica futura, sugerencias para mi vida personal, hizo consideraciones racionales sobre sus sentimientos religiosos y resaltó su amor a la Universidad en general y a la de Navarra en particular. Y me hizo un encargo: “por favor, Jorge, cuide usted mucho a D. Jesús Prieto, le hace falta”. Jesús no lo sabe; se enterará cuando lea esto.

He citado el fallecimiento de D. Eduardo porque el final de las cosas, en este caso de la propia vida, han de hacerse bien. Un mal final resta credibilidad a cualquier trayectoria. El final de D. Eduardo fue sereno y coherente con su vida anterior. Para cualquier observador externo fue la consecuencia natural no forzada ni impostada de su vida. Hizo exactamente lo que se esperaba de él. Cumplir siempre lo que se espera de uno, incluso en la más extrema de las situaciones, cuando el umbral de exigencia es muy alto, tiene un mérito enorme. A las personas se las conoce de verdad en las situaciones más exigentes y, probablemente, ninguna lo es más que enfrentarse conscientemente a la propia muerte. Colofón extraordinario para la extraordinaria vida de un universitario.

Pamplona, 12 de enero de 2024

Jorge Quiroga Vila