Qué ha significado para ti recibir el Premio Nacional de Enfermería?
Pues es curioso. Una gran satisfacción, por supuesto, y mucha emoción. Pero, realmente, lo pensaba y decía: ‘yo no necesito esto’. Llevo toda mi vida trabajando con grandes satisfacciones, he puesto empeño e ilusión en todo lo que he hecho y he disfrutado mucho. Pero luego, a medida que han ido pasando los días, he sido más consciente de lo que suponía. Realmente, es una gran satisfacción el sentirte reconocida por tantos compañeros de profesión. 

¿Cuál dirías que ha sido tu legado a las generaciones que han venido después? 
Yo no hablaría de mi legado, porque ha sido un trabajo en equipo, con un montón de profesionales alrededor. Cuando acabé la carrera, en 1964, en España todavía no había Cuidados Intensivos. 

Al terminar, tuve la oportunidad de ir al extranjero con otra amiga, a Bélgica. Entonces, el Dr. Arroyo, con quien había trabajado de cerca y era un anestesista muy reconocido a nivel internacional, me dijo: “si puedes, trabaja en Cuidados Intensivos, que es lo que viene”. Así, con 20 años, nos pusieron en Intensivos y allí es donde aprendí a cuidar a pacientes críticos, lo que me entusiasmó. Cuando volví, junto los doctores Arroyo, Martínez Caro y Ortiz de Landázuri, se ideó y se creó la Unidad de Cuidados Intensivos, que se inauguró en el año 69. A partir de entonces, he estado toda mi vida en esta área aprendiendo cada día.

Carmen se reencuentra con antiguas compañeras en la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica.

¿Cómo ha sido la evolución de la UCI en estos años?
Desde el primer año organizábamos seminarios para transmitir los conocimientos entre todas las enfermeras, especialmente para aquellas que se iniciaban en esta especialidad. Primero fuimos de la mano del equipo médico, porque eran los más expertos, y ya en el año 76 empezamos con un curso de formación especializada, que duraba dos años. Lo impartíamos enfermeras y médicos, y se hacían prácticas de 40 horas a la semana. 

Posteriormente, se fueron promoviendo becas de estudio para el posgrado y se fue estructurando todo mejor. El equipo de Enfermería siempre fue consciente de que la formación era fundamental para poder trabajar bien, porque la experiencia sola no sirve, y nosotras queríamos aprender, ser competentes y hacer las cosas bien. Íbamos llenando nuestra cabeza de nuevas ideas y, además, estábamos en una universidad, lo que lleva a cuestionarte siempre el porqué y el para qué de cada cosa.

La UCI de la Clínica fue una de las primeras en liberalizar las visitas de los familiares a los pacientes.

El equipo era, como correspondía en aquel tiempo, pequeño. La Unidad, en sí misma, era pequeña, seis camas. Con el tiempo fue creciendo y, paralelamente, el número de personas implicadas. Se convirtió en un equipo sólido, potente, competente, lo que hizo necesaria la incorporación de otra supervisora, Mª Ángeles Margall, con quien he trabajado codo con codo durante muchos años. Nos hemos movido mucho a nivel nacional e internacional. Hemos podido desarrollar las funciones fundamentales de la Enfermería. La asistencia, por supuesto, que es lo que se ve desde fuera. La docencia, participando en la formación de las alumnas de Enfermería básica y llevando a cabo toda la programación de los cursos para las alumnas de posgrado. Y la investigación, porque desde muy pronto empezamos también a realizar trabajos de investigación sobre cuidados, a participar en congresos, a hacer publicaciones, etc. Eso nos ha abierto mucho la mente y nos ha ayudado a ver las necesidades, ir un paso por delante y poder establecer los cuidados basados en la evidencia científica.

Colaborando con asociaciones

También quisiera mencionar nuestra contribución a la Asociación Española de Enfermería de Cuidados Intensivos y Unidades Coronarias, de la que fui miembro activo desde su creación, en 1974, y a la que sigo perteneciendo. Ocupé diferentes puestos de responsabilidad, logrando implicar en diferentes actividades a un buen número de enfermeras de nuestro equipo de la Clínica. En la década de los 80, conseguimos traspasar las fronteras y empezar a relacionarnos con profesionales de asociaciones científicas internacionales. Desde la Asociación, lógicamente, todas las actividades han estado siempre encaminadas a promover la formación de las enfermeras para proporcionar un óptimo cuidado a los pacientes y a sus familiares.

El equipo de Enfermería fue pionero en establecer cuidados basados en la evidencia científica.

¿Se podría decir que vuestro legado ha sido ser la avanzadilla?
Eso es, que las personas estén formadas y con capacidades para poder ser competentes profesionalmente. 

Dejamos una Unidad estructurada, muy actual. Para muchos éramos un modelo a seguir. Pero nos costó lo nuestro, fue un trabajo muy intenso para poder justificar muchas cosas que se veían como superfluas, o no necesarias, pero que sabíamos que era lo que había que hacer. Por ejemplo, habitaciones individuales, con televisión, con ventanas a la calle, espacios para los familiares… Al principio eran salas con varias camas, luego se vio que eso era un nido de infecciones. Conseguimos muchas cosas. Realmente nos escuchaban, parecía que no, pero al final iban saliendo muchas cosas hacia adelante.

De los logros conseguidos a través de la investigación, me gustaría destacar la apertura de las Unidades de Cuidados Intensivos a los familiares de los pacientes, pasando de visitas rigurosamente restrictivas, a través de ventanas, a establecer la visita abierta, facilitando a los familiares estar junto al paciente durante largos periodos de tiempo. En este aspecto sí que puedo afirmar que hemos ido por delante… Fue un trabajo que implicó a todo el equipo multidisciplinar, pues había que ir mentalizando a todos de los beneficios que ello conllevaba para el bienestar del paciente y, en definitiva, para todos. 

¿Qué es lo que no deben perder las próximas generaciones de enfermeras?
Lo primero que tienen que tener es vocación, porque es una profesión dura, pues convives con el sufrimiento de las personas. Así que, vocación, que les guste y disfruten con lo que hacen, que se comprometan y que no pierdan de vista que cada paciente es una persona única e irrepetible. Que quieran alcanzar la competencia profesional. Recuerdo al Dr. Martínez Caro diciendo que “la competencia profesional es la primera manifestación de humanidad”. Y es verdad. Lo primero, cuidar bien, porque puedes ser muy cariñosa y muy cercana, pero si no sabes lo que estás haciendo, lo puedes estar haciendo mal. Yo he tenido siempre presente la necesidad de formación, el compromiso y el esfuerzo. He sido muy feliz en mi vida con mi trabajo, he disfrutado mucho y ahí está la satisfacción del trabajo bien hecho.

Texto:
María Marcos Graziati
Fotografía:
Manuel Castells

Este artículo ha sido publicado por la Clínica Universidad de Navarra en la revista Noticias.cun.