En una sociedad donde prima la inmediatez, parece que hemos olvidado que los procesos llevan su tiempo. Solemos pecar de impacientes, nos gusta conseguir las cosas aquí y ahora, sin esperas y, a ser posible, sin demasiado esfuerzo. Pero la realidad es otra muy distinta, y tarde o temprano se impone para recordarnos que la paciencia, la constancia y la perseverancia resultan fundamentales a la hora de afrontar una tarea costosa. Que Roma no se construyó en un día, pero se ponían ladrillos cada hora.

Y es que toda gran obra, proyecto o meta tiene siempre un comienzo. Como el Taj Mahal, la Muralla China, El Quijote, las Meninas o la llegada a luna. Nada se crea de la nada, nada surge de un vacío absoluto. Toda construcción empieza colocando el primer ladrillo, cada gran obra se crea con una pequeña acción, con una pequeña porción de algo que se va repitiendo hasta que se completa el todo. Un camino de mil kilómetros se empieza dando tan solo un paso. Un libro de mil páginas se empieza escribiendo la primera línea. 

Pero si conseguimos abordar cada día una tarea, si damos pequeños pasos sin desistir en el intento, si buscamos nuestros propios comienzos y permitimos que otros nos ayuden a superar las dificultades del camino aunando fuerzas… Entonces descubriremos que, aunque los procesos llevan su tiempo, también ofrecen su recompensa.