Durante años, el trabajo ha destacado por su capacidad de humanizar al hombre y hacerle sentir lo valioso que es. Desde niños comenzamos a buscar ese sueño que nos hará convertirnos en grandes profesionales. Nos imaginamos siendo astronautas, médicos, futbolistas o locutores de radio. Jugamos a probar cómo se siente el estar en la piel de nuestros referentes, a imitarles. Vamos dando forma a lo que queremos ser. 

Pero la vocación no siempre es algo innato, definitivo e inmodificable. Se construye y se descubre a lo largo de la vida. A medida que la persona va creciendo, sus necesidades e intereses van cambiando, sus circunstancias se modifican y comienza a prestar mayor atención a determinadas cuestiones. Por eso es importante aprender a escuchar a nuestro yo interior. Encontrar el momento para hacer un ejercicio de introspección es fundamental para ser capaces de oír esa llamada. Al fin y al cabo, la vocación, en esencia, tiene esa connotación espiritual y profunda que nos lleva a vivir más conectados a nosotros mismos. 

Y cuando se logra esa conexión, entonces, se produce la magia. Ese sentir profesional de cada persona, las metas que quiere lograr, lo que quiere estudiar y hacia dónde desea orientar su vida se convierten en una red que sostiene no solo a esa persona, sino a todas aquellas a las que podrá llegar a través de su vocación. De manera inevitable, los envites de la vida pondrán a prueba nuestra determinación en algunas ocasiones. Pero si la llamada es fuerte, siempre lograremos retomar el camino, incluso en un acto de redescubrimiento de nuestra vocación.