La ciencia nos ha permitido progresar como sociedad desde tiempos inmemoriales. Las mentes brillantes de muchos científicos han logrado aportar al mundo avances que hubieran sido impensables de no ser por esos intelectos privilegiados. Isaac Newton, Galileo Galilei, Marie Curie, Barbara McClintock, Alexander Fleming… Todos ellos persiguieron un sueño incluso cuando el resto les tomaba por locos, y no cejaron en su empeño, a pesar de que pareciera algo inalcanzable.  

Marcaron el camino y cambiaron la forma en la que vivimos nuestra vida. El despertador que usamos, el informe meteorológico, la carretera por la que conducimos o el navegador GPS que nos guía por ella, los dispositivos que utilizamos para trabajar o comunicarnos, las máquinas de rayos X para hacernos una radiografía o los antibióticos que tratan nuestras dolencias, el telescopio con el que observamos las estrellas o la luz que ilumina nuestras veladas. 

Pero esos logros, que nos sobreviven y nos hacen, en cierto modo, inmortales, requieren de algo más que una exquisita inteligencia. Exigen también disciplina, ser inagotables al desaliento, tener una amplia visión de futuro y generosidad para legar nuestros avances a las generaciones venideras en pos de un bien común más grande que nuestra propia individualidad. En definitiva, hay que tener voluntad; porque, como decía Albert Einstein, “la voluntad es una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica”.